Si el dominio se defiende con silencio, hablar será nuestro sabotaje

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Sobre el juicio a los CNU en Mar del Plata

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Además de como seres humanos y ciudadanos de Mar del Plata, los hechos nos tocan también como integrantes de la comunidad universitaria. Tras lo sucedido hace algunos años, es decir, el descubrimiento de un integrante del personal no docente como participante del asesinato de Silvia Filler, esperábamos una respuesta más contundente por parte de las autoridades de la UNMDP, un posicionamiento claro al respecto. Sin embargo, por lo bajo, aceptaron una renuncia y nuevamente lanzaron un manto de silencio sobre el pasado. Nos preocupa y nos resulta, al menos, sospechosa la actitud oficial de la Universidad en la causa actual, pues la atañe directamente. Nos preocupa el ocultamiento de nuestra historia institucional.

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El juicio a los CNU es un proceso histórico, de eso no hay dudas. Parte de la historia jurídica de Mar del Plata se está escribiendo en estos días y trata sobre la historia política de esta misma ciudad.

Hace apenas unos años, cuando Demarchi inauguraba su propio casino en pleno centro o Asaro manejaba una de las librerías más grandes de la comuna, era difícil imaginar que estos personajes pudieran ser llevados frente a un juez. No obstante, con todos los bemoles que se puedan remarcar, hoy está sucediendo.

Así, que suceda esto no es casual, sino que es producto de muchos años de resistencia al olvido por parte de las familias de las víctimas y de las organizaciones que siempre se han encargado de que el tejido social no pierda la memoria. A veces parece sorprendente que en un momento, tras la finalización de la dictadura, se haya hecho una especie de borrón y cuenta nueva. Esto no sólo sucedió desde lo judicial sino también desde la concepción de los hechos que constituyeron esos años, así como los años previos en los cuales se produjo la preparación del terreno. La amnesia social, la falta de cuestionamientos de qué es lo que pasó o la incapacidad de comprender las implicancias de todos los hechos, han forjado una sociedad olvidadiza, distraída, inconsistente respecto al establecimiento de los límites de lo tolerable, incapaz de relacionar el hoy con el ayer, en la cual continúa funcionando la frase del famoso y nefasto dirigente del fútbol: todo pasa. Es decir, uno puede conformar una organización que secuestra, tortura, mata, desaparece gente y maneja el poder judicial y, unos años más tarde, construir un casino y que las personas asistan tranquilamente, como si nada fuera extraño.

Evidentemente existe un problema en la constitución de las bases de nuestra sociedad. Por eso, debemos aprovechar la oportunidad de llevar a cabo un proceso formal para condenar los crímenes de lesa humanidad y así utilizarla en la construcción de dicha base. Pues, no hay que olvidar que estos personajes no atacaban a cualquier persona, sino que se dedicaban a la persecución sistemática –inteligencia y relaciones con las fuerzas de seguridad mediantes– de militantes políticos o personas que poseían información pertinente a los ámbitos de la universidad y de los sindicatos.

Es importante remarcar lo señalado: estas personas ejecutaban planes basados en la necesidad de exterminar a quienes se oponían a sus objetivos. Así sucedió con la unificación de la Universidad Católica y la Universidad Provincial. La CNU había copado la estructura de la Universidad Provincial de Mar del Plata en 1974. Josué Catuogno fue designado rector y nombró como secretario general a Cincotta y a Demarchi como coordinador académico, ambos CNU y –como remarcan todos los testigos– quienes efectivamente ejercían el poder. Tras haber logrado el control de estos puestos de poder sólo necesitaban ingresar en la Católica para mantener el ámbito universitario bajo su intervención total –tanto académica como financieramente–. Entonces, ya en 1975, luego de que Coca Maggi se negara a aceptar la propuesta de unificación, los integrantes de la CNU la secuestraron y la asesinaron. Todo sucedió a pesar de que monseñor Pironio – quien vivía bajo constante amenaza en esos años por ser uno de los fundadores de la teología de la liberación, amigo y maestro del Padre Mugica entre otras cosas–, con la intención de salvar la vida de Maggi, había dado el visto bueno para dicha unificación. En este sentido, también es importante recordar cómo es que se constituyó la Universidad Nacional de Mar del Plata, porque a pesar de que el tiempo pasa sigue habiendo cosas de las que no se habla.

Respecto a los sindicatos, es recordada la tristemente célebre “noche de las corbatas” en la cual –ya en dictadura, en el año 1977– el Ejército secuestró y desapareció a los abogados sindicales que se oponían a las directrices patronales –Centeno, Arestín, Alaiz, Fresneda junto a varias personas más– Una vez sucedidos estos hechos nefastos, fue el propio Demarchi –miembro dirigente de la CNU– el encargado de la cuestión jurídica en los gremios para los cuales trabajaban aquellos que habían sido asesinados.

Teniendo en cuenta este pantallazo general del cuadro histórico, encontrarnos en el TOF 1 sentados en la misma sala que seres tan oscuros es algo impactante. Cuando los vemos escoltados por las fuerzas de seguridad, en el tribunal, todos juntos, una serie de emociones muy profundas atraviesan nuestros organismos. Los vemos ahí, a pocos metros nuestro, sonriendo socarronamente ante algún testimonio, en patota, al igual que hace 40 años, los mismos cuerpos que apretaron gatillos y se mancharon con la sangre de aquellos que bregaban por un mundo más justo. Los mismos que secuestraban y atormentaban apañados y comandados por la estructura estatal, civil y militar. Los mismos que manejaban los hilos del poder judicial para cubrir sus rastros. Los mismos que jactanciosamente han transitado las calles e instituciones por las que todos nosotros pasamos. Los mismos que han continuado impunes hasta hoy. Los mismos que no sólo tuvieron poder en el pasado, sino que lo conservan, acrecentado, hasta nuestros días. Los mismos que han intentado mantenerse prófugos cuando se enteraron por anticipado que se iniciaría un proceso legal en su contra.

Al sentarnos ahí mismo, vemos los detalles de aquello que semeja humanidad en esos cuerpos: muecas, gestos, movimientos, su piel avejentada, sus pelos, algunos peinados, otros ausentes, algún bigote blanqueado por el tiempo pero que aún conserva la impronta de aquellos años, sus ojos fijos en algo, sus cejas elevándose o frunciéndose, la mirada que enfoca y ayuda a construir alguna elucubración, algún recuerdo de aquello que se atestigua. Nos preguntamos: ¿estarán reviviendo esos hechos en su interior?, ¿recordarán morbosamente los detalles, los olores, los sabores, los sonidos, la temperatura del ambiente en el momento en que acribillaban a alguien?, ¿se regocijarán ante el sufrimiento que aún hoy continúan causando?, ¿estarán deseando contar con sus fierros en ese momento, para acabar con todo de una vez y volver tranquilos a sus casas, como siempre han hecho?

Nos preguntamos eso y muchas cosas más. Por momentos parece que escuchamos el relato de una ficción macabra, pero todo se cae sobre nuestras cabezas cuando se precisan los lugares de los hechos: “esto sucedió en San Martín y Mitre” o “en el aula magna de Arquitectura, donde hoy funciona el rectorado de la UNMDP”, “por el barrio La Perla” o “en la calle Chile”. Es en ese momento cuando nos damos cuenta que el mecanismo de silenciamiento ha vuelto a nuestra ciudadanía un conjunto de personas que no puede determinar sobre qué está parado, sobre qué historia ni cuál es el encadenamiento de hechos que desembocan en la situación actual. Las personas caminan por la calle sin saber cuál es la historia de esas calles, o transitan las instituciones sin saber cómo se alcanzó el status quo actual, sin conocer qué sucedió con todos aquellos personajes que fueron funcionales al terrorismo de Estado desde lo civil, administrando esas mismas instituciones y sus correspondientes finanzas. Entonces no hay conciencia de que los cómplices de estos personajes, su periferia, continúa aún en funciones públicas, encargándose de ocultar los rastros de su injerencia en las dependencias, en la malversación de fondos del Estado, en el manejo discrecional de expedientes judiciales y vaya a saber uno en cuanto más.

Además de como seres humanos y ciudadanos de Mar del Plata, los hechos nos tocan también como integrantes de la comunidad universitaria. Tras lo sucedido hace algunos años, es decir, el descubrimiento de un integrante del personal no docente como participante del asesinato de Silvia Filler, esperábamos una respuesta más contundente por parte de las autoridades de la UNMDP, un posicionamiento claro al respecto. Sin embargo, por lo bajo, aceptaron una renuncia y nuevamente lanzaron un manto de silencio sobre el pasado. Nos preocupa y nos resulta, al menos, sospechosa la actitud oficial de la Universidad en la causa actual, pues la atañe directamente. Nos preocupa el ocultamiento de nuestra historia institucional. Nos preocupa la falta de impulso en la búsqueda del esclarecimiento de los hechos que conformaron a la institución y en la búsqueda de justicia por los crímenes que acontecieron en su propio seno. Esto nos obliga a hacernos una vez más, aquella primera –y tan molesta– pregunta filosófica: ¿por qué?

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Octubre 2015

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