Perdón si me ves lagrimear

por Juan Brando

Creo que la primera vez que vi a Ricardo Maliandi fue durante la visita de Karl Apel. Traducía del alemán y con su traje y su tupido bigote blanco, parecía el arquetipo de un filósofo intocable. Con el tiempo, comprendí lo distorsionado de aquella primera impresión. Cuando lo conocí un poco, se reveló como un profesor de vastísimo saber e inmensa vocación, pero también como un ser humano cálido, comprensivo, cordial, generoso. Ricardo refutaba todos los días, con el gesto de una simple sonrisa amable e irónica, el prejuicio de la pedantería profesoral.

La Asamblea de Filosofía comenzó como un movimiento de defensa a la figura de Ricardo contra la iniciativa de algunos manyapapeles, hombres de escritorio, que pretendían removerlo de las materias que dictaba.  Diez años después, hubo que volver a lo mismo.

Sócrates decía que, en lugar de condenarlo por corromper a la juventud, la ciudad debía premiarlo alojándolo en el Pritaneo, por los servicios que había prestado como soldado. Así, destacaba las contradicciones de un sistema político injusto. Ricardo no pretendía ir al citado Pritaneo: sólo continuar enseñando un tiempo más. Él estaba dispuesto a ofrecer su trayectoria y conocimiento cuando todos sabían que podría quedarse en su casa y llevar una vida más descansada. ¿Qué inteligencia rechazaría lo que se le ofrece con desinterés y con tanta ventaja? La Universidad que alguna vez, con buen criterio, ganó prestigio contratando a Ricardo como docente, lo perdió después con una desidia insospechada.

Ricardo

La muerte de Ricardo me deja una serie –o más bien, por su desorden, una barahúnda- de pensamientos: fue un gran hombre de esos de los que habla Emerson, un Hombre Representativo, que a pesar de su trabajo ingente en la educación y formación, no pudo dejar un discipulado que esté a su altura: algunos de sus seguidores somos, o bien unos personajes intelectualmente febles e inconstantes, o seres egoístas y prácticos,  lagartos que se muerden la cola, o bien pérfidos dedicados a las acciones de trapacería, que han perdido la vergüenza o que nunca la tuvieron.

Pienso que la vida se convierte, en un determinado momento en un registro de muertes: uno piensa en los que quedan por morir y se pregunta quién compensa esos gastos, quién le dará un poco de satisfacción o algún emoliente para soportar todo eso. Y quién paga la generosidad y la bondad, quién compensa el saber y el cariño que se ha brindado durante la vida. Pienso en qué turbia es la historia y qué insuficiente es el recuerdo de algunos hombres para testimoniar las más altas realizaciones de otros.

Si pudiese frenar estos pensamientos tan atropellados, sería  capaz de decir por qué creo que Ricardo fue para mí una viva fuerza intelectual, además de un tipo entrañable. Hay una parte de su pensamiento a la que se ha dedicado con más constancia, referida a las preocupaciones éticas.  Éstas han sido tributarias, aparentemente, de su contacto con Risieri Frondizi y de su estudio del pensamiento de Kant y de Nicolai Hartmann. Su interés por encontrar argumentos a favor de una posible fundamentación trascendental de la moralidad obra como el incentivo o el pretexto para la construcción de su obra más importante: Ética convergente. Digo esto  porque creo que en dicha obra se concilia o se complementa, junto con el anterior, otro interés muy acusado en el pensamiento de Ricardo: el de una posible caracterización de la sociedad humana a partir de la descripción del fenómeno de la moralidad en tanto realidad antropológica situada. Su obra, que se presenta como una conflictología de los asuntos humanos, y que aspira a una conciliación dinámica de principios, se convierte en una reflexión de sentido amplísimo que supera el ámbito de la Ética para ocuparse de la filosofía (filosofía de la especulación versus filosofía encarnada) y de la cultura humana en tanto cumplimiento de exigencias particulares y generales. Cada vez que releo algunas de sus páginas me admiro de cómo ha llegado a esto con tal grado de profundidad y exhaustividad.

Lo anterior no importa mucho ahora: son mis someras apreciaciones, que acaso en el futuro pueda completar o esclarecer.  Lo que importa es decir que se nos fue un gran pensador y un gran maestro, y a mí se me fue el que me dirigió y orientó en la escritura de una gran cantidad de páginas, que hoy me pregunto si tienen algún valor, y que compartió conmigo, me animo a decir, envalentonado por la ñoñez en que nos sume la muerte cercana, una especie de amistad filosófica, obstaculizada un poco por su sordera y por mi infinita timidez y mi gran ignorancia. Nunca voy a olvidar esos seminarios que se estaban convirtiendo en mi último lazo con una academia que me resulta ahora un poco oscura y refractaria, y nunca voy a olvidar a Ricardo. Nunca vamos a olvidar al gran profesor. Su muerte era un escenario posible, en la conjetura, pero ahora es una realidad dura y pesada, ahora es realidad,  no nos queda sino repetir esa letanía, esa frase que por un momento parece perder el sentido pero siempre lo recobra: nunca te vamos a olvidar.

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